MINA Y LA NIÑA




El perro

Los rescatistas llevaban ocho horas de intensa labor para sacar de los escombros a un perro que no cesaba de ladrar mientras ellos le hablaban. Al fin, uno pudo meter un brazo por un resquicio y derramar agua que el pobre ser, severamente deshidratado después de veinticuatro horas en ese encierro, bebió con desespero. Poco a poco fueron despejando el camino para llegar a él; ya se sentía seguro de su rescate, así que se quedó quieto y confiado. Se había criado entre humanos que siempre le dieron mucho amor, y el instinto de su raza lo hacía noble y amoroso. Se dejó poner un collar por aquellos ángeles que lo liberaban de tan gran tormento.

Leandro, el más fuerte del grupo, lo cargó porque tenía una herida en una pata. Empezó a caminar entre las ruinas con su preciosa carga en los brazos. Cuando había avanzado unos ochenta metros, el perro se zafó y brincó al piso; rápidamente se metió ladrando entre los escombros e ignorando el dolor de su pata que lo hacía cojear. Cuando finalmente se detuvo, ladraba y volteaba a ver a Leandro, a quien la experiencia le indicaba que allí había otro ser vivo. Corrió hacia él y le indicó silencio; el Golden, acostumbrado a obedecer, se quedó quieto. El hombre se tiró al piso y aguzó el oído. No oyó nada, entonces llamó:

— ¿Hay alguien allí? —preguntó con voz fuerte.

Esperó unos segundos lleno de tensión hasta que oyó un ¡sííí! prolongado con el que respondió la niña. Enseguida dio la alarma con un silbato y, al instante, un grupo de rescatistas llegó al sitio con múltiples herramientas para iniciar su labor de rescate. Leandro quiso tomar en sus brazos al perro de nuevo, pero este le gruñó y ladró hacia el hueco.

—Está bien, perrito, tú también la quieres rescatar —Le dijo—. Échate entonces.  


La niña

Encima de una sólida y antigua mesa de madera de cedro, de gruesas patas, se había derrumbado una pared de mampostería. Los gabinetes de la cocina, totalmente destrozados, y una gran nevera habían amortiguado parte del techo caído. Allí, en un pequeño hueco, estaba la niña: encogida sobre sí misma, sucia y asustada, pero sin llorar.

El grupo empezó a despejar poco a poco el camino hasta ella. El perro sentía la emoción de aquellos hombres que celebraban una vez más la vida, a pesar del tiempo transcurrido.  Finalmente, la niña salió; tenía los ojos rojos, pero dibujaba una gran sonrisa de gratitud hacia quienes la devolvían a la libertad de respirar profundamente de nuevo. Les dio un emotivo «gracias», pero Leandro le dijo:

—Es a él a quien tienes que besar y agradecer.

—mientras señalaba al perro, que emocionado y feliz le lamía el rostro y las manos.


La doctora

Leandro y dos rescatistas más llevaron al perro y a la niña a una de las carpas de atención médica. Allí el animal esperó pacientemente mientras una doctora atendía a su rescatada; había nacido un gran afecto entre estos dos seres surgidos de los escombros. 

La galena limpió a la niña a la vez que indagaba sobre su familia. Así supo que solo tenía a su abuelita, fallecida hacía dos días, por lo que los servicios de protección le habían advertido que se la llevarían a un orfanato.

 A la chiquilla le había parecido intimidante el aspecto de aquella trabajadora social, una mujer fría y aséptica; en su mente inocente pensó que si se quedaba callada y escondida en el apartamento, la licenciada se cansaría de tocar y se iría. Pero el destino, o la naturaleza, hicieron que pasara primero por la terrible prueba del temblor. 

Con el bracito de la pequeña listo para aplicarle un suero, la doctora le dijo:

—Quédate aquí, voy a buscarte ropa limpia.

Mientras caminaba hacia el camión de suministros, la doctora pensaba en las vueltas del destino. Ella misma había perdido a su esposo y a su hijo, quienes estaban de visita donde su suegra; los tres habían fallecido en el terremoto el día anterior. Sin embargo, ella decidió que ayudar a los sobrevivientes mitigaría su dolor. Ahora aparecía esta niña, sola en el mundo y con la única perspectiva de un internado en su futuro. «Si yo pudiera hacer algo», pensaba con el corazón encogido mientras regresaba a la carpa-hospital.


Leandro

Leandro y su grupo fueron relevados para que fueran a comer. Mientras iba por los alimentos, vio a la niña en medio de una discusión entre la doctora y una mujer con uniforme de falda y blazer azul marino, blusa blanca y mocasines negros impecables. Aquel aspecto impoluto era totalmente discordante con el ambiente caótico a su alrededor. Mientras la doctora discutía, roja de la ira, la chiquita lloraba y el perro ladraba; la mujer, en cambio, se mantenía impertérrita. No alzaba la voz; solo mostraba unos papeles que tenía en sus manos mientras señalaba a la pequeña.

El hombre se acercó con la intención de mediar, sin suponer ni remotamente el origen del conflicto. La licenciada lo barrió con la más gélida de sus miradas mientras le decía, muy cortésmente, que por favor no se metiera en un asunto oficial. Leandro, como rescatista profesional al fin que no se altera fácilmente, le devolvió la misma mirada mientras, con una falsa sonrisa, le espetó:

—Da la casualidad de que ella es mi sobrina.


La mujer parpadeó dos veces en un segundo, pero no se inmutó.

—Pruébelo —dijo mientras apenas levantaba una ceja.

— ¿Acaso pretende que en medio de este caos consiga algún documento? —respondió él, mientras tomaba a la niña de la mano y se marchaba con el perro y la doctora tras sus pasos.


Mina

En el camino al centro de atención veterinaria nadie habló; Leandro cargó al perro, que cada vez cojeaba más. Cuando llegaron, un joven doctor dijo mientras lo tomaba en brazos:

— ¿Y esta linda perrota de quién es?

La beba abrió la boca, asombrada y feliz de saber que era hembra, siempre había querido tener una, pero se repuso y respondió de lo más normal mientras la abrazaba:

—Es mía y se llama Mina.

En ese momento recordó —y lo haría muchas veces después— a la protagonista del libro favorito de su abuelita: Mujeres, de Marilyn French. La anciana solía leer con ella fragmentos de la novela y le decía:

—Tienes que ser fuerte y brillante como Mina.

Casi siempre, la pequeña tomaba el rostro de su abuela entre las manos y le respondía:

—Sí, abuelita, como tú.

Después de que Mina, ya oficialmente con su nombre, fue atendida, Leandro se despidió con besos y abrazos para ella y su nueva dueña, le dio la mano a la doctora y se marchó. La galena les dijo que debía ir por sus cosas y que la esperaran ahí.

De pronto, apareció de nuevo la funcionaria, pero esta vez iba acompañada por un policía. La primera en percatarse fue Mina. Cuando la chiquilla se dio cuenta, salió huyendo mientras le decía a la perra:

—Vamos, Mina, sé dónde escondernos.

En medio del caos, la gente, los carros y el ruido, ambas se ocultaron detrás de un camión. Desde allí vieron cómo la trabajadora social finalmente se cansó, se subió a una patrulla con el oficial y se marcharon. La niña miró a su compañera y le prometió:

—Busquemos comida, mantas y agua. Tú y yo nos iremos juntas, nadie nos separará.




Arepas

Habiendo nacido y crecido en aquella región, la niña conocía muy bien los alrededores, así que subió a un cerro que había detrás y a donde solía ir con su abuela de cuando en cuando a contemplar la ciudad. Extendió una manta y ambas se acostaron; se cubrieron con la otra, y extenuadas y abrazadas se quedaron profundamente dormidas.

La claridad de una brillante mañana y el calor despertaron a la niña. Se sintió desorientada al abrir los ojos y lentamente fue recordando todos los eventos desde que falleciera su abuelita. Ya iba a llorar cuando recordó a Mina y se asustó de que no estuviera allí con ella; empezó a llamarla una y otra vez cuando de repente la vio. Traía una bolsa sostenida en su boca y la bolsa estaba llena de...

— ¡Arepas! Mina, ¿de dónde las sacaste?

El noble animal soltó la bolsa sobre las mantas mientras corría de vuelta y ladraba. A los pocos minutos llegaron corriendo Leandro y la doctora. Ambos abrazaron a la niña a la vez que reían y lloraban , Mina saltaba y ladraba de alegría.









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Este relato, titulado "Mina y la niña", es una obra de ficción. Los personajes, nombres, lugares y situaciones aquí descritos son producto de la imaginación de la autora. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia.

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