MINA Y LA NIÑA
El perro
Los
rescatistas llevaban ocho horas de intensa labor para sacar de los escombros a
un perro que no cesaba de ladrar mientras ellos le hablaban. Al fin, uno pudo
meter un brazo por un resquicio y derramar agua que el pobre ser, severamente
deshidratado después de veinticuatro horas en ese encierro, bebió con
desespero. Poco a poco fueron despejando el camino para llegar a él; ya se
sentía seguro de su rescate, así que se quedó quieto y confiado. Se había
criado entre humanos que siempre le dieron mucho amor, y el instinto de su raza
lo hacía noble y amoroso. Se dejó poner un collar por aquellos ángeles que lo
liberaban de tan gran tormento.
— ¿Hay
alguien allí? —preguntó con voz fuerte.
Esperó unos
segundos lleno de tensión hasta que oyó un ¡sííí! prolongado con el que
respondió la niña. Enseguida dio la alarma con un silbato y, al instante, un
grupo de rescatistas llegó al sitio con múltiples herramientas para iniciar su
labor de rescate. Leandro quiso tomar en sus brazos al perro de nuevo, pero
este le gruñó y ladró hacia el hueco.
—Está bien, perrito, tú también la quieres rescatar —Le dijo—. Échate entonces.
La niña
Encima de
una sólida y antigua mesa de madera de cedro, de gruesas patas, se había
derrumbado una pared de mampostería. Los gabinetes de la cocina, totalmente
destrozados, y una gran nevera habían amortiguado parte del techo caído. Allí,
en un pequeño hueco, estaba la niña: encogida sobre sí misma, sucia y asustada,
pero sin llorar.
—Es a él a quien tienes que besar y agradecer.
—mientras señalaba al perro, que emocionado
y feliz le lamía el rostro y las manos.
La doctora
Leandro y dos rescatistas más llevaron al perro y a la niña a una de las carpas de atención médica. Allí el animal esperó pacientemente mientras una doctora atendía a su rescatada; había nacido un gran afecto entre estos dos seres surgidos de los escombros.
La galena limpió a la niña a la vez que indagaba sobre su familia. Así supo que solo tenía a su abuelita, fallecida hacía dos días, por lo que los servicios de protección le habían advertido que se la llevarían a un orfanato.
A la
chiquilla le había parecido intimidante el aspecto de aquella trabajadora
social, una mujer fría y aséptica; en su mente inocente pensó que si se quedaba
callada y escondida en el apartamento, la licenciada se cansaría de tocar y se
iría. Pero el destino, o la naturaleza, hicieron que pasara primero por la
terrible prueba del temblor.
Con el
bracito de la pequeña listo para aplicarle un suero, la doctora le dijo:
—Quédate aquí, voy a buscarte ropa limpia.
Mientras caminaba hacia el camión de suministros, la doctora pensaba en las vueltas del destino. Ella misma había perdido a su esposo y a su hijo, quienes estaban de visita donde su suegra; los tres habían fallecido en el terremoto el día anterior. Sin embargo, ella decidió que ayudar a los sobrevivientes mitigaría su dolor. Ahora aparecía esta niña, sola en el mundo y con la única perspectiva de un internado en su futuro. «Si yo pudiera hacer algo», pensaba con el corazón encogido mientras regresaba a la carpa-hospital.
Leandro
Leandro y su grupo fueron relevados para que fueran a comer. Mientras iba por los alimentos, vio a la niña en medio de una discusión entre la doctora y una mujer con uniforme de falda y blazer azul marino, blusa blanca y mocasines negros impecables. Aquel aspecto impoluto era totalmente discordante con el ambiente caótico a su alrededor. Mientras la doctora discutía, roja de la ira, la chiquita lloraba y el perro ladraba; la mujer, en cambio, se mantenía impertérrita. No alzaba la voz; solo mostraba unos papeles que tenía en sus manos mientras señalaba a la pequeña.
El hombre se
acercó con la intención de mediar, sin suponer ni remotamente el origen del
conflicto. La licenciada lo barrió con la más gélida de sus miradas mientras le
decía, muy cortésmente, que por favor no se metiera en un asunto oficial.
Leandro, como rescatista profesional al fin que no se altera fácilmente, le
devolvió la misma mirada mientras, con una falsa sonrisa, le espetó:
—Da la
casualidad de que ella es mi sobrina.
La mujer
parpadeó dos veces en un segundo, pero no se inmutó.
—Pruébelo
—dijo mientras apenas levantaba una ceja.
— ¿Acaso
pretende que en medio de este caos consiga algún documento? —respondió él,
mientras tomaba a la niña de la mano y se marchaba con el perro y la doctora
tras sus pasos.
Mina
En el camino
al centro de atención veterinaria nadie habló; Leandro cargó al perro, que cada
vez cojeaba más. Cuando llegaron, un joven doctor dijo mientras lo tomaba en
brazos:
— ¿Y esta
linda perrota de quién es?
La beba
abrió la boca, asombrada y feliz de saber que era hembra, siempre había querido
tener una, pero se repuso y respondió de lo más normal mientras la abrazaba:
—Es mía y se
llama Mina.
En ese
momento recordó —y lo haría muchas veces después— a la protagonista del libro
favorito de su abuelita: Mujeres, de
Marilyn French. La anciana solía leer con ella fragmentos de la novela y le
decía:
—Tienes que ser fuerte y brillante como Mina.
Casi
siempre, la pequeña tomaba el rostro de su abuela entre las manos y le
respondía:
—Sí,
abuelita, como tú.
Después de
que Mina, ya oficialmente con su nombre, fue atendida, Leandro se despidió con
besos y abrazos para ella y su nueva dueña, le dio la mano a la doctora y se
marchó. La galena les dijo que debía ir por sus cosas y que la esperaran ahí.
De pronto,
apareció de nuevo la funcionaria, pero esta vez iba acompañada por un policía.
La primera en percatarse fue Mina. Cuando la chiquilla se dio cuenta, salió
huyendo mientras le decía a la perra:
—Vamos,
Mina, sé dónde escondernos.
En medio del
caos, la gente, los carros y el ruido, ambas se ocultaron detrás de un camión.
Desde allí vieron cómo la trabajadora social finalmente se cansó, se subió a
una patrulla con el oficial y se marcharon. La niña miró a su compañera y le
prometió:
—Busquemos
comida, mantas y agua. Tú y yo nos iremos juntas, nadie nos separará.
Arepas
Habiendo
nacido y crecido en aquella región, la niña conocía muy bien los alrededores,
así que subió a un cerro que había detrás y a donde solía ir con su abuela de
cuando en cuando a contemplar la ciudad. Extendió una manta y ambas se
acostaron; se cubrieron con la otra, y extenuadas y abrazadas se quedaron
profundamente dormidas.
La claridad
de una brillante mañana y el calor despertaron a la niña. Se sintió
desorientada al abrir los ojos y lentamente fue recordando todos los eventos
desde que falleciera su abuelita. Ya iba a llorar cuando recordó a Mina y se
asustó de que no estuviera allí con ella; empezó a llamarla una y otra vez
cuando de repente la vio. Traía una bolsa sostenida en su boca y la bolsa
estaba llena de...
— ¡Arepas!
Mina, ¿de dónde las sacaste?
El noble
animal soltó la bolsa sobre las mantas mientras corría de vuelta y ladraba. A
los pocos minutos llegaron corriendo Leandro y la doctora. Ambos abrazaron a la
niña a la vez que reían y lloraban , Mina saltaba y ladraba de
alegría.



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