Libertad entre panfletos
Dedicatoria: a mis compañeros anónimos. EL DESPERTAR A los catorce años, el mundo suele ser una serie de eventos que simplemente nos suceden. En mi caso, las huelgas estudiantiles eran interrupciones bienvenidas a la rutina escolar, pausas sin rostro de las que poco entendía. Yo venía de un hogar adeco, donde el orden establecido tenía un nombre y una estructura clara, pero mi propia naturaleza —esa necesidad casi urgente de preguntar ¿por qué?— me estaba empujando hacia otro lugar. Ese lugar no estaba precisamente en los pasillos de mi liceo, el Martín J. Sanabria. Allí, la adolescencia me pesaba de una forma distinta. Mientras otros compartían risas y confidencias, yo sentía que no encajaba, que hablaba un idioma que nadie allí entendía. Mi refugio era una cancha de futbolito que quedaba detrás del gimnasio, un rincón olvidado donde podía encerrarme en mi propio universo, lejos de las miradas y el ruido de los demás. A ese aislamiento se sumaba una barrera física que nad...