Libertad entre panfletos
Dedicatoria: a mis compañeros anónimos.
EL DESPERTAR
A los catorce años, el mundo suele ser una serie de eventos que simplemente nos suceden. En mi caso, las huelgas estudiantiles eran interrupciones bienvenidas a la rutina escolar, pausas sin rostro de las que poco entendía. Yo venía de un hogar adeco, donde el orden establecido tenía un nombre y una estructura clara, pero mi propia naturaleza —esa necesidad casi urgente de preguntar ¿por qué?— me estaba empujando hacia otro lugar.
Ese lugar no estaba precisamente en los pasillos de mi liceo, el Martín J. Sanabria. Allí, la adolescencia me pesaba de una forma distinta. Mientras otros compartían risas y confidencias, yo sentía que no encajaba, que hablaba un idioma que nadie allí entendía. Mi refugio era una cancha de futbolito que quedaba detrás del gimnasio, un rincón olvidado donde podía encerrarme en mi propio universo, lejos de las miradas y el ruido de los demás. A ese aislamiento se sumaba una barrera física que nadie comprendía: mis ojos. No sabía que los lentes de contacto que usaba para ver de lejos me robaban la visión de cerca, haciendo que el dibujo técnico —que tanto me gustaba— se volviera un reto diario para lograr que mis trabajos quedaran impecables. En esa penumbra visual y emocional, la soledad se convirtió en mi única compañera constante.
Ese equilibrio entre lo que se decía en casa y lo que yo empezaba a pensar se sostenía sobre una base de mucha disciplina. No fui una niña mimada; al contrario, ser la hija del medio y la única hembra entre tres hermanos me obligó a madurar mucho más rápido que otras chicas de mi edad. En mi hogar, el valor del trabajo se aprendía con el ejemplo diario. Mis padres tenían un pequeño restaurante en el cual todos los hijos teníamos que ayudar. Mis vacaciones no eran para el descanso; trabajaba en el negocio familiar y en otras empresas, forjando una madurez que me permitió llevar el peso de mi doble vida sin quebrarme. Fue precisamente esa mirada más crítica, curtida en el trabajo diario, la que me hizo prestar atención a lo que sucedía en las asambleas del liceo.
El cambio tuvo un nombre: Ismael. Así lo llamábamos en la estructura, ese entramado invisible de células y cuadros políticos que operaba bajo cuerdas, donde los nombres reales se borraban y cada acción obedecía a una disciplina rigurosa; aunque en los pasillos de mi liceo era un estudiante más de quinto año: alto, apuesto y varonil, su sola presencia llamaba la atención. Sus discursos no eran solo palabras, eran puertas que se abrían a un universo de ideas revolucionarias que en mi casa no existía. Cuando la huelga estallaba y las clases se suspendían oficialmente, el protocolo era que todos los alumnos debíamos volver a casa. Sin embargo, para mí, ese era el inicio de la jornada.
Mientras mis compañeros caminaban el kilómetro que nos separaba de nuestras casas en el centro de Valencia, yo emprendía un rumbo distinto. El liceo estaba cerca, pero la Universidad de Carabobo quedaba retirada. Esas escapadas, cruzando la ciudad cuando se suponía que debía estar bajo el resguardo de mis padres, eran mi primer acto de rebeldía consciente.
EL VIAJE INTERIOR
El viaje en el autobús de la universidad era un borrón de rostros y sonidos. Por lo general, la unidad iba repleta, con estudiantes colgados de las puertas y el aire pesado por el calor de Valencia, pero yo apenas prestaba atención a mi entorno. No me importaba la incomodidad ni el bullicio.
Mi cabeza era un hervidero de expectativas. La emoción de lo que estaba haciendo —ese sentido de pertenencia a algo mucho más grande que yo— me aislaba por completo. Mientras el bus avanzaba hacia la universidad, yo ya estaba mentalmente en el local de Bandera Roja, repasando los discursos de Ismael o imaginando el próximo esténcil que debía preparar bajo la dirección de Fausto. Para una joven adolescente ese viaje de treinta minutos no era un simple traslado; era la travesía ocasional hacia el centro de mi propio universo, un lugar donde las reglas de mis padres y las convenciones del liceo no tenían poder ninguno.
La Universidad de Carabobo no era para nada un destino académico para mí; era el lugar donde la realidad se transformaba. Cuando "La Iguana" —como siempre se les ha dicho a los autobuses de la universidad por su color verde— traspasaba el arco de Bárbula, mi corazón empezaba a acelerarse. Me quedaba en la parada de la Facultad de Educación y desde allí caminaba con paso firme hacia un pequeño rincón que se convirtió en mi refugio y mi escuela de vida: el cuartito del mimeógrafo.
EL CUARTITO: EL CORAZÓN DE LA CLANDESTINIDAD
Era un espacio reducido, pero bastante iluminado por dos lámparas fluorescentes que estaban en el techo. En una esquina había un pequeño sanitario que hacía más las veces de depósito; hacia el fondo se veía un pequeño ventanuco, el cual era la única ventilación que teníamos hacia el exterior, por lo que siempre había un ventilador prendido. A un lado, una pequeña estantería donde solía ver algunos libros, cuadernos, esténciles y objetos diversos que usábamos para nuestra labor; al otro lado, una pequeña mesa de trabajo y, casi en el centro, el mimeógrafo. Para nosotros, este sucinto espacio era el centro de nuestro mundo idealizado. No tenía grandes lujos, solo lo necesario para la batalla de las ideas.
El aire siempre estaba impregnado de un aroma denso, una mezcla de tinta fresca, solventes y papel viejo que, extrañamente, me resultaba reconfortante. Ese olor era el perfume de la resistencia, que para mí era doble, ya que además de las ideas políticas, liberaba allí todo mi anhelo de libertad que, por mi corta edad, aún no tenía. Allí, el tiempo parecía detenerse mientras el sonido rítmico del mimeógrafo marcaba el pulso de nuestras jornadas. Las charlas siempre estaban centradas sobre el aspecto político de la izquierda; allí empecé a conocer sobre lo que fue la guerrilla en Venezuela en los años sesenta y ochenta, conocimientos que ampliaría después en mis visitas a la Biblioteca Pública Manuel Feo La Cruz.
En ese cuarto, la jerarquía de la calle desaparecía. Allí conocí a Fausto (uno de los comandantes). Siempre lo recuerdo con su afro tipo Jackson 5, que contrastaba con su camisa blanca manga larga impecable, la cual, a su vez, resaltaba las manchas de tinta que a veces decoraban sus manos grandes, blancas también, de dedos finos, parecían las manos de un cirujano. Fausto no solo dirigía el trabajo; él nos nutría con libros que no se encontraban en ninguna biblioteca escolar. Fue él quien puso en mis manos textos de Iván Illich y revistas que llegaban desde la lejana Unión Soviética, en español y ruso, abriendo mi mente al extraordinario Moscú. Nombres como Marx, Trotsky y Lenin empezaron a serme familiares mientras me adentraba en sus biografías; palabras como "la Tercera Internacional", "movimiento obrero y socialista", "izquierda revolucionaria y reaccionaria" estaban llenas para mí del más vital sentido. Aquello contrastaba profundamente con la educación formal que yo recibía en el liceo.
Mi formación en Dibujo Técnico me fue de mucha utilidad. Mis manos, acostumbradas a la precisión de las reglas y las plumillas, aprendieron a dominar el esténcil rápidamente. Calar aquellas letras con cuidado, sabiendo que de esa matriz saldrían los panfletos que circularían por toda Valencia, me daba un orgullo silencioso. Cada hoja que salía del mimeógrafo era un pequeño acto de desafío contra el orden que mis padres defendían en casa.
Allí, en ese pequeño cuartito, entre el olor a tinta fresca de los panfletos y el brillo de las revistas rusas que llegaban a mis manos, descubrí un mundo fascinante porque era desconocido y, sobre todo, porque era prohibido.
Lo que empezó como una curiosidad adolescente pronto se convirtió en una doble vida. Aquellos cierres de liceo no eran para descansar, sino para sumergirme en la clandestinidad de Bandera Roja. Eran los últimos días de una libertad aparente antes de que el partido fuera proscrito y el aire de Valencia se llenara de la tensión de la persecución
LA COARTADA PERFECTA
Para mis padres, mi horario extendido no era motivo de sospecha. Al estudiar Ciencias con mención en Dibujo Técnico, el doble turno escolar justificaba mis ausencias prolongadas. Mientras mis vecinos regresaban a casa apenas se suspendían las clases, yo tenía el margen de tiempo necesario para desaparecer. Mi ruta era siempre la misma: caminaba hacia la parada universitaria en el centro de Valencia y esperaba uno de los autobuses de la universidad que salían cada treinta minutos.
Ese trayecto en el bus era mi zona de transición, el espacio donde dejaba de ser la hija aplicada para convertirme en una pieza de la estructura. Si alguna vez el reloj me traicionaba y llegaba más tarde de lo habitual, siempre contaba con un refugio infalible: la biblioteca. En casa sabían que yo era una lectora asidua, casi voraz, por lo que decir que me había quedado perdida entre libros era una verdad a medias que nadie cuestionaba.
Lo que nadie imaginaba era que, aunque sí estaba rodeada de papel y letras, no eran los libros escolares los que ocupaban mis tardes. Mi formación en dibujo técnico me daba una destreza manual que mis camaradas valoraban; la precisión que usaba para mis láminas de estudio era la misma que aplicaba al calar un esténcil o al organizar la propaganda. Sin saberlo, el sistema me estaba dando las herramientas para aprender a cuestionarlo.
Para mis padres, mi horario extendido no era motivo de sospecha. Al estudiar Ciencias con mención en Dibujo Técnico, el doble turno escolar justificaba mis ausencias prolongadas. Mientras mis vecinos regresaban a casa apenas se suspendían las clases, yo tenía el margen de tiempo necesario para desaparecer. Mi ruta era siempre la misma: caminaba hacia la parada universitaria en el centro de Valencia y esperaba uno de los autobuses de la universidad que salían cada treinta minutos.
Ese trayecto en el bus era mi zona de transición, el espacio donde dejaba de ser la hija aplicada para convertirme en una pieza de la estructura. Si alguna vez el reloj me traicionaba y llegaba más tarde de lo habitual, siempre contaba con un refugio infalible: la biblioteca. En casa sabían que yo era una lectora asidua, casi voraz, por lo que decir que me había quedado perdida entre libros era una verdad a medias que nadie cuestionaba.
Lo que nadie imaginaba era que, aunque sí estaba rodeada de papel y letras, no eran los libros escolares los que ocupaban mis tardes. Mi formación en dibujo técnico me daba una destreza manual que mis camaradas valoraban; la precisión que usaba para mis láminas de estudio era la misma que aplicaba al calar un esténcil o al organizar la propaganda. Sin saberlo, el sistema me estaba dando las herramientas para aprender a cuestionarlo.
«Aviso legal: El contenido de este relato es de carácter estrictamente ficticio y con fines de entretenimiento. Las situaciones descritas no corresponden a hechos verídicos y cualquier semejanza con la realidad o con acontecimientos históricos es mera coincidencia».

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